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2015.08.23: Ricardo Forno: Pasangenicanos

Prometí incluir el cuento en cuestión, y aquí va. Lo publiqué en un foro (Psicofxp, que ya no existe más, pero prueben con Google y verán) que tenía una sección de literatura.
Había concursos o juegos en ese foro, donde uno debía escribir, con un límite de palabras (600 o 1000 según el juego) glosando una foto, o sobre un tipo de literatura especial (policial, realista, erótica, psicológica, etc.) y finalmente había un juego que era el que más me gustaba: el ganador de la ronda anterior proponía seis frases, ya fueran propias o extraídas de alguna novela, cuento, etc.; quien escribiera el cuento (o poema) debía incluir en el texto esas frases, sin que les faltara una coma.
No recuerdo para cuál de los juegos escribí este cuento, pero me parece que probablemente era literatura "realista". Los límites de cantidad de palabras no solían molestarme, pues suelo ser escueto o lacónico, como gusten llamarlo. Este cuento tiene poco menos de 1000 palabras.
El argumento tuvo, en principio, tres orígenes: mi real extravío en Vichadero (aunque en la realidad no iba solo sino que me acompañaban parientes) alrededor de 1992; mi conocimiento de la existencia de ese tipo de comunidades en el mundo (hay varias en Uruguay); y el chiflado del que hablé antes y su ciudad de los Baet-Pasangenicanos. Si quieren encontrar un "mensaje", sería el de mi odio por los fanatismos.
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Pasangenicanos

Venía desde Brasil manejando solo; luego de pasar por Santana do Livramento, equivoqué la ruta y me encontré en la minúscula población uruguaya de Vichadero. En la única estación de servicio, me informaron que en ese momento no tenían combustible, y que les llegaría sólo a la mañana siguiente. Me maldije por mi imprevisión. Como la nafta no me alcanzaba para volver a Santana, le pregunté al empleado dónde podía pasar la noche.

—Aquí no va a conseguir nada. Pero a unos quince kilómetros, por ese camino de tierra, hay una comunidad de gente rara que a lo mejor le da alojamiento. Viven como hace mil años; no tienen luz ni gas ni nada, y se visten de una manera... Todos tienen la misma cara. Se hacen llamar Pasangenicanos.

—¿Y ese nombre?

—Dicen que viene de la India. Bueno, que tenga suerte, pero cuídese.

—¿Que me cuide? ¿De qué?

—Y... uno nunca sabe... Parece que son medio locos.

Así que me fui para allá. Como el sol rajaba la tierra, dejé el auto en un bosquecillo, y me acerqué a pie.

Era cierto: esa gente vivía como en la Edad Media. Vestían como entonces, y ni hablar de televisión, luz eléctrica, gas, inodoros ni otras comodidades. Pero fueron amables y me proporcionaron una pieza con un camastro. No parecieron entender mucho mi explicación de por qué estaba allí.

Esa noche cené con ellos, comida simple y sana. Les quise pagar, pero rechazaron mis billetes porque, según opinaban, no les servían para nada.

Tras la cena, nos reunimos alrededor de un fogón, pues había refrescado. Comenzaron a contar historias:

—...y esa noche apareció el licántropo. Era el séptimo hijo varón de Iseo; intentó atacar a Clotilde, pero ella le mostró la cruz y el lobo se disipó. Clotilde fue por los aires para acusarla a la madre, pero Iseo se había vuelto araña. La reconoció mirando por el espejo de tres faces.

Siguieron en ese tono, contando las historias más inverosímiles sin que ninguno expresara el menor asombro. Por supuesto, me abstuve de emitir opinión.

Tras varias anécdotas más, uno me requirió:

—Vos, extranjero, que vestís de forma tan extraña, debéis tener maravillosos acontecimientos para relatar. Con ansias aguardamos vuestras aventuras.

No se me ocurrió nada de ese tipo de cuentos. Pero recordé algo raro que me había sucedido y, vacilante, comencé:

—Hace poco tuve una idea interesante sobre un problema matemático. Lo curioso es que eso se le ocurrió también a un ruso, y lo publicamos a la vez en Internet. Terminé comunicándome con él en inglés por chat, y resultó que teníamos justo la misma edad, nos habíamos casado el mismo día, y ambos teníamos dos hijos. ¡Casi gemelos a veinte mil kilómetros! (luego le traduje la distancia a leguas, porque había notado que usaban esa unidad).

—¿Vos fuisteis hasta Rusia, o él os visitó?

—No, fue todo por Internet, como hablar por teléfono...

—No sé lo que son esas cosas. Pero ¿cómo pudisteis oíros, a semejante distancia? Vos no tenéis la voz tan fuerte.

Contuve la risa.

—Bueno... No hace falta que uno grite. No sé cómo explicarles... Es como con esta pantalla —y, para mi perdición, extraje la Palm del bolsillo y la encendí.

Se arracimaron alrededor, con ojos desorbitados. No podían creer lo que veían. Luego, silenciosos, se fueron apartando.

No se volvió a cruzar palabra, pero me pareció oír algunos cuchicheos entre ellos. Enseguida llegó el momento esperado: fui a mi habitación y me acosté. Habían dejado una vela encendida. Para distraerme, me puse a estudiar algunas fórmulas en la Palm.

Cosa de media hora más tarde, oí un tímido golpeteo en la puerta, e invité a entrar a quien fuese. Resultó ser una joven bonita, a quien ya le había echado ojo durante la cena, pues aun a cara lavada era muy atractiva.

Tras una conversación que nos dejó intrigados a ambos, pues no podíamos comprender nuestras respectivas formas de vida, se animó a explicarme el motivo de su visita.

—Vengo a preveniros. Por vuestro bien, huid mientras tengáis tiempo. Se han reunido en Concejo. Os acusan de falsario y enviado del Demonio.

—¿Falsario?

—Sí, no os asumáis inocente. Todas las mentiras que habéis proferido, esas distancias imposibles, esos artilugios inexistentes... Pero a mí no me afecta, os estimo tal como sois.

—¿Pero no has visto por ti misma esto? —y le mostré la Palm.

Cerró los ojos y se alejó un tanto.

—Eso es lo peor. Prueba que algún trato tenéis con Satanás. Pero os repito, eso no hace más que atraerme hacia vos —y apagó la vela aplastando la llama con la mano.

—¡Te vas a quemar! ¿No podrías haberla soplado?

—No, eso ahuyentaría al ángel que nos protege a ambos.

Estuvimos juntos hasta altas horas de la noche. Unos golpes afuera, como martillazos, no alcanzaron a perturbarnos. Al retirarse, insistió con sus advertencias:

—Huid mientras tengáis tiempo. Os van a aspar.

—¿Aspar? ¿Qué es eso?

—Os clavarán en dos maderos cruzados en forma de equis. Os crucificarán. Cuando prepararon el patíbulo es que hemos oído esos golpes.

Se me heló la sangre. Entonces comprendí el consejo del hombre en el puesto de servicio. Casi sin respirar, me vestí en pocos segundos. Recapacité y me descalcé, para evitar el ruido. Ella ya se había ido; juraría que lo hizo flotando en el aire.

Salí con sigilo y pude ver la cruz; antes no estaba. Las irregularidades del suelo lastimaban mis pies, pero nada me habría detenido. Parecía que no habían descubierto el auto. Llegué al bosquecillo, rogando que alcanzara el combustible. Respiré recién al pasar por Vichadero, que entonces me pareció el lugar más civilizado del mundo.

Unos siete meses después, la noticia de la crucifixión de una mujer embarazada cerca de Vichadero sacudió por unos días al mundo. Los verdugos la habían acusado de concebir un hijo de Satanás.
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Blogger Rodolfo E. Ratto dijo...
Ricado me parecio buenisimo.
23 de agosto de 2015, 23:47
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