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2017.01.07: Eduardo Vila Echagüe: La Legión Extranjera

[Capítulo 13 de La Informática y yo]

La Legión Extranjera



El camino desde Mendoza hasta las Cuevas, en la frontera con Chile, es maravilloso. El río Mendoza, las montañas multicolores, el inmenso valle de Uspallata en medio de la Cordillera, las siluetas de los Penitentes, el Puente del Inca y por último el imponente Aconcagua a la derecha del camino. Los trámites en Policía Internacional me hicieron volver a la realidad. Para cruzar había dos alternativas. Subir hasta el Cristo Redentor, a 4.000 metros de altura, o utilizar el túnel ferroviario, a 'sólo' 3.200 metros. No me atreví a pasar por el Cristo con mi viejo Peugeot cargado con todo mi equipaje, así que opté por lo segundo. Una verdadera experiencia, algo terrorífica.

En aquella época el túnel era el mismo que se había inaugurado en 1910.
Ferrocarril Transandino
Medía algo más de 3 km., contaba con una sola vía y hasta donde recuerdo casi no estaba iluminado. El tránsito se alternaba entre una y otra dirección, siempre y cuando no pasara el tren. Los autos circulaban poniendo una rueda a cada lado de uno de los rieles. El piso era de tierra apisonada, del techo colgaban enormes estalactitas de hielo. Uno rezaba para que de pronto no te apareciera el tren de frente. Hacia la mitad veías en la pared una marca que indicaba el límite entre los países, rodeado de imágenes de las respectivas banderas. Finalmente, como decía Samoré, se veía la luz al final del túnel y salías a un nuevo país.


Más trámites y luego un abrupto descenso por los caracoles de Portillo, un centro de esquí que ya mencioné en un capítulo anterior. Ahora seguíamos el río Aconcagua, que nos condujo a la ciudad de Los Andes. Viramos hacia el sur y directo a Santiago, pasando por la cuesta Chacabuco donde se dio el primer combate del Ejército Libertador. Lo primero que me llamó la atención es que en Chile hacia donde dirijas la vista siempre verás un cerro al fondo. Nada que ver con los monótonos 1.000 kilómetros que había recorrido días antes a través de mis queridas pampas.

Entrar a una ciudad desconocida en horario de oficina y sin GPS es toda una hazaña. Finalmente logré llegar a mi hotel en la calle Monjitas, en el centro de la ciudad. Al día siguiente me presenté en la IBM que estaba situada en la calle Agustinas, a pocas cuadras del hotel. Allí me informé de la distribución del contingente que estaba llegando del extranjero. Dos irían a la Sucursal Valparaíso, el puerto principal de Chile, a dos horas de Santiago. Uno atendería Concepción, la segunda ciudad del país. Dos a la escuela IBM, a hacer lo mismo que yo había hecho 6 años atrás. Un grupo grande fue al Centro de Instalaciones, a cargo de instalar los nuevos sistemas. Yo quedé en el Centro de Soporte, lo mismo que en Argentina, con un par de colegas chilenos.


Plaza de la Constitución frente a La Moneda
Mi oficina quedaba en el octavo piso, mirando a la Plaza de la Constitución, la que en esa época era usada como playa de estacionamiento. Del otro lado de la Plaza se veía el edificio de La Moneda, de fines del siglo XVIII, que funciona como Palacio de Gobierno. Allí se había suicidado el Presidente Allende el 11 de septiembre de 1973, con la metralleta que le había regalado Fidel Castro. En el techo de mi oficina había unos hoyos. Cuando pregunté me dijeron que en los edificios que rodeaban la plaza se habían parapetado francotiradores, por lo que los soldados habían debido disparar preventivamente contra las ventanas sospechosas. 

En marzo de 1975 el toque de queda comenzaba a las 11 de la noche, si no me equivoco. Para un grupo de argentinos acostumbrado a la bohemia de Buenos Aires esto era un cambio sustancial en sus hábitos de vida. El toque de queda no era broma. En la noche se oían tiroteos con frecuencia. Es que el gobierno socialista había distribuido gran cantidad de armamentos provenientes de Cuba entre sus partidarios y había quienes estaban dispuestos a usarlos. Alguno de mis compañeros se pasó de la hora y tuvo que detenerse ante un control militar, donde recibieron un trato cortés pero severo, advirtiéndoles que no volvieran a repetir la gracia, so pena de...

Uno podría pensar que los colegas chilenos estarían molestos con esta situación, pero salvo un par de excepciones estaban todos felices. Habían sufrido 3 años de penurias e incertidumbre en medio de un clima de odio exacerbado. No parecían muy preocupados por la suerte de los integrantes del bando derrotado, quizás recordando lo que aquellos cantaban cuando aún eran gobierno — momios al paredón y momias al colchón — donde el apelativo de momio, tradicionalmente aplicado a la clase alta, en este caso se refería a todos los opositores a su revolución socialista.

Naturalmente que la llegada de una veintena de ingenieros de sistemas argentinos fue un terremoto para la disminuida organización de IBM de Chile. El chileno en el ambiente profesional suele ser muy sobrio en sus expresiones, por lo que el estilo exuberante de algunos de los recién llegados los sorprendía y descolocaba. Jamás verías a un chileno diciendo palabrotas a un colega, práctica que no era inusual en la IBM argentina, aún entre ejecutivos de alto nivel, sin que por eso se generaran resentimientos ulteriores. Si los chilenos dicen ser los ingleses de Sudamérica, nosotros seríamos más bien los italianos.

Por un lado algunos de los recién llegados querían aprovecharse al máximo de los beneficios que nos daba IBM. Por el otro, había gerentes locales que intentaban restringirlos todo lo posible. La cosa llegó al límite cuando nos enteramos de que los empleados chilenos recibían a mitad de mes un pago adicional, conocido como 'pollo', como compensación por la desvalorización de la moneda. Su valor oscilaba entre medio y un sueldo completo, por lo que no era en absoluto despreciable. Como consecuencia de nuestros reclamos tuvieron que venir dos altos ejecutivos de IBM Argentina, los que finalmente lograron que también nosotros recibiéramos los famosos 'pollos'.

Para protegerse de la inflación al comienzo los argentinos trataban de convertir sus sueldos a dólares lo más rápido posible. Como había control de cambios, la única forma de hacerlo era en el mercado negro. En la oficina nos recomendaron un caballero con el que los empleados habitualmente operaban. Nos llamó la atención verlo llegar sin ningún maletín, pero aún más cuando empezó a sacar los rollos de billetes de entre su ropa interior. ¡No siempre es verdad aquello de que el dinero no tiene olor!

Con el correr de los meses vimos que la inflación bajaba, el toque de queda empezaba cada vez más tarde, los tiroteos nocturnos disminuían y la vida se iba normalizando. Por otro lado las noticias que nos llegaban desde Argentina mostraban que la situación allí empeoraba día a día. Después de todo habíamos tomado una buen decisión. Se vivía muy bien en Santiago en aquellos años, había poco tránsito, se llegaba rápido a la oficina, los fines de semana tenías la playa a menos de dos horas y la nieve aún más cerca y la mayoría había alquilado casas más grandes y cómodas que los departamentos en que vivían en su ciudad de origen. Seguramente hoy todos los de aquel grupo recuerdan su paso por Chile como una época dorada.

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