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2017.08.02: Laura Rozenberg: Conversaciones con Manuel Sadosky - 9. El exilio

9. El exilio
Manuel Sadosky en el exilio en Caracas (1979)
Laura Rozenberg. —Se aproxima la fecha de su exilio. Las libretas que guarda usted con datos se van poblando de nombres y fechas. En 1970, las FF.AA. reemplazan como presidente a Onganía por Levingston. ¿Qué hecho memorable de aquel año colocaría en primer término?

Manuel Sadosky. —Hubo un secuestro del cónsul paraguayo en Buenos Aires. Se lo adjudicó un grupo nuevo, la FAL, Fuerzas Armadas de Liberación. Sin duda, ese fue un hecho nuevo…

También en 1970 muere Bertrand Russell. Nos reunimos en el local de la calle
Bertrand Russell (1872-1970)
Chile y resolvimos hacer un acto. 
En julio, los Tupamaros del Uruguay raptaron a Dan Mitrione en Montevideo. En noviembre, vinieron a “visitarme” empleados de la Coordinación General de la Policía Federal. Aparece la revista Ciencia Nueva, y el primer editorial se escribe sobre la base de un artículo mío. Puedo continuar…

—Por favor, claro. Son acontecimientos que marcan lo que a usted le impresionó en su momento.

Bien, releyendo la libreta de ese año, ¿ve?, aquí hay un punto interesante: en la Escuela de la República de Cuba me invitan a dar una clase. La escuela, situada en la Capital Federal, tenía fama de “renovadora” desde el punto de vista pedagógico. Aproveché para enseñarles números binarios. Cuando terminé la clase, el maestro se acercó y me dijo: “¡Usted me arruinó la vida!”. Yo lo miré pasmado y él me confesó que del tema no tenía la menor idea. Yo me ofrecí a enseñarle y entonces él me dijo que para completar su sueldo debía dar clases a la tarde y a la noche.

¿Cómo lo tomó usted?

—Me sorprendió mucho. Fue como chocarme con la realidad. Ahí me di cuenta de cómo nos habíamos venido abajo. Los maestros que yo tuve me merecían mucho respeto. En cambio esta persona… Él se dio cuenta de que los chicos habían entendido y le costó aceptar sus limitaciones.

—Y sí, ya no eran casos aislados. Se repetían en muchas escuelas… Volviendo a sus anotaciones, veamos qué dice aquí: en enero de 1970 parece que se va de vacaciones. Lee Rayuela de Cortázar, visita la feria de Tristán Narvaja en Montevideo y pasa unos días en la playa de Miramar, en la costa de Buenos Aires.

—En ese año me entero del secuestro de Aramburu, del surgimiento de Montoneros, la caída de Onganía. Al año siguiente viajo a Cuba nuevamente, y según mis notas, desayuno con Cortázar, vuelo a Madrid, París, Chile. Me anuncian la muerte de un querido amigo de Córdoba, el profesor Zanetti… En estas libretas combino datos personales con las cosas que pasan en el mundo y en el país… Nació mi nieta Cora Sol y mi mujer siguió escribiendo, por ejemplo, un fascículo sobre Vietnam para el Centro Editor de América Latina.
Manuel Sadosky y su nieta Cora Sol Goldstein
(aproximadamente 1974/1975)
Salteando una página, pasamos al año siguiente. Aunque no es lo más importante del año 1973, escuché una entrevista a Zardini por la radio que me hizo rabiar y leí una nota escrita por él en el diario La Nación que sólo me difamaba. Pero también se anunció la paz en Vietnam, y murió el doctor en matemática de la Universidad de Buenos Aires Juan Blaquier. Hubo cenas con Cortázar, Darcy Ribeiro, Arturo Illia, Bernardo Grinspun. Lamentablemente se produjo un distanciamiento con Rolando García, quien a su vez estaba cada vez más cerca de Perón. Ese año fue el año del triunfo peronista. Asumió Cámpora como presidente constitucional, y en la universidad, Rodolfo Puiggrós fue designado rector, pero renunció a los pocos meses. Algo tremendo: la DINA intentó allanar mi casa. Al año siguiente, siempre siguiendo esta alocada sucesión de notas, murió Perón; asesinaron a Mor Roig; apareció la figura de Ottalagano como interventor de la UBA; Puiggrós pidió asilo en la Embajada de México y a los tres días aparecieron asesinados por la Triple A el abogado Silvio Frondizi y su yerno, el ingeniero Luis Mendiburu. Dos semanas más tarde, inicié mi exilio.

—Cuénteme cómo vivió esos días previos a la partida.

—Unos días antes de que asumiera Perón, hubo un operativo de allanamiento y nos vinieron a detener a cuatro profesores de la facultad. Al final, la policía sólo detuvo a dos de los cuatro: al geólogo Amílcar Herrera y al físico Juan José Giambiagi, porque a Carlos Varsavsky no lo encontraron y a mi casa también fueron, pero no llegaron a entrar porque el portero, alertado por un vecino, les dijo que no había nadie.

—¿De qué se los acusaba?

—De una conspiración internacional. ¡Fíjese qué cosa! Nos culpaban de un complot para robar secretos atómicos argentinos y vendérselos a no sé quién. A Herrera y a Giambiagi les hicieron mil preguntas. En mi caso, presenté inmediatamente un recurso de amparo. La Policía respondió que no había ninguna orden de allanamiento. De modo que el juez de la causa no hizo lugar a mi petición y para colmo me aplicó una multa alevosa, insultante. Ahí decidí irme porque no se podía vivir en un país que no tenía Poder Judicial.

—Poco después la Triple A se adjudicó el asesinato de Silvio Frondizi e intimó a un grupo de conocidos actores a abandonar el país en setenta y dos horas.

—Sí. Mi hermana Delia, que había estado temiendo cosas dramáticas, se puso muy nerviosa.

—Usted partió el 4 de octubre de 1974.

—Recibí una invitación para ir a la sede de UNESCO en París y, semanas más tarde, viajé a Bogotá. La UNESCO me designó para integrar una delegación de expertos en cuestiones educativas. Teníamos que analizar un gran proyecto en Colombia. Así que fuimos dos franceses, un uruguayo, un norteamericano y yo.

—¿Tenía planes para después?

—Al principio pensaba regresar. Incluso Carlos Varsavsky, que lo conocía al Ministro de Economía, José Ber Gelbard, fue a hablarle sobre lo que ocurría con los científicos argentinos, y al parecer, el gobierno argentino nos daba garantías, pero yo ya estaba en Bogotá y en ese momento una gente amiga me habló desde Venezuela invitándome a incorporarme a la Universidad Central. Así que cambié de planes y me fui para allá, donde además, desde hacía poco tiempo, estaba radicada mi hija Cora y su esposo Daniel Goldstein. Ambos trabajaban en la Universidad de Venezuela. Mi nieta Cora Sol ya asistía al jardín de infantes.

¿Cómo se sintió en Caracas?

—Estaba tranquilo. Tenía la oportunidad de estudiar y enseñar. Fui a trabajar al CENDES, el Centro de Estudios del Desarrollo, dependiente de la universidad. Ahí estuve cinco años. Enseñaba matemática y un curso de política científica basado en la experiencia internacional y en las enseñanzas de Bernal.

Ángel Rosenblat (1902-1984) 
—¿Cuál era el clima que imperaba en Venezuela?

—En ese momento, era la gran explosión del precio del petróleo. Era la gran euforia. Estaba la figura de Pérez Alfonso, que tuvo la idea de unir a los países petroleros. Había ideas progresistas. Se hablaba mucho de gastar el dinero en educación… El presidente Pérez creó la Fundación Ayacucho y me nombraron asesor.

—En ese momento, en Venezuela se encontraban muchos argentinos. ¿Con quiénes se comunicaba usted?

—En Venezuela vivía desde hacía muchos años gente destacada de la universidad, como el filólogo Ángel Rosenblat y el físico Manuel Bemporad. Un día me encontré con Rosenblat. Desde 1932 venía arrastrando una causa, le habían quitado la carta de ciudadanía por “comunista” en base a la Ley de Residencia, y él decía: “Soy un ‘caso’ para la Argentina”, porque cada vez que la prensa lo quería nombrar, decía “el caso Rosenblat”.

—¿Y él se radicó en Venezuela?

Tomás Eloy Martínez (1934-2010)
—Sí. Se quedó como Director del Instituto de Filología Andrés Bello. Hizo una gran obra. También venía seguido a casa Tomás Eloy Martínez. Decía que en la suya no tenía tranquilidad para escribir. Entonces se sentaba en la piecita de la cocina y Cora le preparaba café. Así empezó a escribir La novela de PerónTambién hablábamos con Adolfo Gass, que tenía un hijo desaparecido. Se creó una gran amistad con Adolfo y su esposa. Otra visita bienvenida era Rodolfo Terragno; él parecía un estudioso. Tomaba nota de todo lo que hablábamos y formulaba preguntas muy agudas. Conversamos mucho sobre las políticas de ciencia y técnica pero él quería saber antes que nada “qué es la ciencia”. Y eso a mí me pareció muy importante.

—¿Cómo vivían la preocupación por las noticias que llegaban de la Argentina?

—Con mucha angustia. Todo era muy perturbador. No estábamos de acuerdo con los que hacían locuras y mucho menos con los represores. Esa sensación de no estar con nadie era desoladora.

—¿Había una sensación de impotencia?

—La sensación era de no tener en quién apoyarse porque ningún partido tomaba con coraje la cuestión. En 1975, un economista comunista me dijo: “La solución se llama Videla”. Y yo pensé que el mundo estaba loco. En marzo de 1976, la gente como ese “economista” se dio el gusto.

—Parece que sí.

—Tratábamos de ayudar a cualquier persona que llegaba. Conseguirle trabajo. Íbamos a la universidad, a la Embajada. Hacíamos petitorios. Corita estuvo en contacto con las mujeres de los Derechos Humanos…

—Seguramente, entre sus alumnos de Argentina, hubo guerrilleros y desaparecidos.

—Muchos.

—¿Cómo recuerda a los que fueron guerrilleros?

—Guardo el recuerdo de muchos jóvenes que desaparecieron, en general eran personas maravillosas. Algunos estaban de acuerdo con la guerrilla. Discutíamos mucho, pero ellos no estaban para oír consejos.

—¿Los avalaba?

—¡No! Las guerrillas argentinas de esa época siempre me parecieron descabelladas. Una monstruosidad.

¿Se animaría a dar un juicio de valor imparcial del comandante Ernesto Che Guevara?

—He sido de la opinión de que hay acciones que corresponden para ciertos
Ernesto Guevara (1928-1967)
momentos de la historia, y para otros no. He 
admirado a San Martín y al Che Guevara. Ambos lucharon por ideales. En particular, he sentido un gran respeto y admiración por el Che, pero sospecho que si hoy viviera, probablemente no elegiría la guerrilla, sino que tal vez sería un gran político. Guevara tenía una enorme capacidad de trabajo y era un ser de una gran pureza de sentimientos. El error que a veces se comete es el de actuar fuera de tiempo. Hay desencuentros que pueden ser fatales. El propio Guevara decía en su diario que al mirar los ojos de una boliviana, no sabía si la mujer estaba de su parte o no. Hay gente que se adelanta y se equivoca, piensa que con su sola tenacidad y valentía puede quemar etapas. No existen metodologías en abstracto. La guerrilla fue necesaria en Cuba para neutralizar a un ejército, que por otra parte estaba bastante desorganizado. Pero cuando Guevara giró sus ojos a América, el momento ya no era el más propicio. Pero las guerrillas aquí, en América del Sur, siempre me parecieron descabelladas.

—¿Le hubiese gustado conocer al Che?

—Lamento mucho no haberlo conocido. Por él he sentido un gran respeto y mucha consideración. Si él hubiese estado en el tiempo y el lugar propicios, hubiese sido un gran líder popular.

—Pero usted acaba de expresar su total desacuerdo con la guerrilla.

—Con las de aquí, sí. Pero en ninguna parte del mundo existe una metodología en abstracto. Cuando él tiraba tiros en Cuba, era justo lo que hacía falta para que un ejército desorganizado se rindiera. Él era el prototipo del líder, tenía una gran pureza de intenciones y si la gente latinoamericana lo hubiese apoyado, hubiese podido difundir una experiencia irreemplazable.

—¿A qué otros personajes de la historia latinoamericana admira?

—He admirado a San Martín, a Bolívar…

—¿Sus luchas fueron diferentes?

—Es que yo no creo que la gente hace lo que quiere. Hay un mundo, un tiempo que hace que ciertas ideas progresen o no.

—Y para usted, ¿ese tiempo no existía en la Argentina de los setenta?

—Es mi sensación. Una cosa es lo que había sucedido en Cuba, y otra, en la Argentina. Hay gente que se adelanta y con su sola tenacidad y valentía pretende fundir etapas. Pero sin esa concordancia histórica, los desencuentros pueden ser fatales. 

Ese fue el error de la guerrilla argentina.

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Hernán