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2017.07.12: Laura Rozenberg: Conversaciones con Manuel Sadosky - 1. De eso no se habla (parte 3 de 3)

...para mí, hubo un antes y un después de 1930. Un antes y un después del golpe de Uriburu.

—¿Cómo describiría ese cambio?

—Fue algo que se fue dando en todos los órdenes. La Argentina anterior a 1930 era la Argentina de la inmigración, el hospital municipal y la escuela pública. Estos proyectos largamente planificados marcaban un rumbo bien concreto, pero luego empezaron a propagarse ideas nacionalistas, en consonancia con el fascismo italiano; y así, las fuerzas populares fueron desalojadas, los conservadores tomaron el poder y la escuela pública se fue debilitando, en forma inversa a lo que sucedió con los colegios religiosos.

—Se refiere usted a los principios sarmientinos de educación laica, obligatoria y gratuita que empiezan a subvertirse y a cuestionarse.

—En definitiva, sí. La Ley 1420 o Ley de Educación Común, bajo la cual fuimos educados, ayudaba a la integración, era esencial para el momento que se vivía. El director de la escuela era uno de los personajes más destacados del barrio, algo que hoy en día no sucede. En cambio, mi memoria está llena de recuerdos de esa naturaleza. El guardapolvo blanco se impuso para evitar diferencias, los maestros inculcaban valores democráticos y fundamentales de libertad e igualdad; la educación se entendía como un medio para crear un mejor porvenir.

—Usted hace hincapié en datos de la realidad: por cierto, la inmigración
cayó después de la Primera Guerra Mundial pero también,
como acaba de señalar, es evidente que se redujo a partir de
1930.
...como dice el preámbulo...
—Así es. Aquí hay algo que todos saben pero nadie reconoce: seguimos creyendo que este suelo es “para todos los hombres del mundo”, como dice el Preámbulo, pero esas palabras hay que tomarlas como una expresión y no como un hecho concreto. En la práctica, el derecho a radicarse aquí no se cumple, o se cumple a medias. Libertad de inmigración había antes. Después de 1930, ya no. Esa es otra de las cosas que aquí nadie se toma el trabajo de aclarar.

—Ahora es más difícil conseguir una visa de radicación o trabajo en la Argentina.

—Por supuesto. Las trabas empezaron unos años antes de la Segunda Guerra Mundial. Las visas se daban a cuentagotas. Fíjese que, por ejemplo, los judíos que querían venir al país tenían que hacerse llamar por amigos o parientes que ya estaban radicados aquí. Si no, no se les daba el permiso.

—Eran las famosas “llamadas”.
Laura y Enrico Fermi, 1954
—Sí. Eso pasaba con los judíos. Antes y durante la guerra. ¡Pero no ocurrió lo mismo con los nazis que vinieron después de 1945! Ellos no tuvieron ningún problema para radicarse, como tampoco se les exigió la validación de los títulos que en cambio se les exigía a otros extranjeros. Vale la pena comparar el caso argentino con el de Estados Unidos. Según cuenta Laura Capon de Fermi, esposa del Premio Nobel Enrico Fermi, en su libro Extranjeros ilustres, aproximadamente 25.000 científicos e ingenieros perseguidos en sus países por cuestiones raciales ingresaron al país del Norte. La lista la inició Albert Einstein y el presidente que estimuló esta inmigración fue Franklin D. Roosevelt.

—Si pensamos que la escuela tiene entre sus objetivos la formación del espíritu cívico, cabría preguntarse si algo no habrá fallado en la escuela que usted define, anterior a 1930. ¿Hasta qué punto fueron sólidas las enseñanzas si una importante parte del pueblo aplaudió, más adelante, la aparición de gobiernos nacionalistas y cuasifascistas?

—Tiene razón. Seguramente faltó un mayor ejercicio del conocimiento democrático. En la escuela hubo una cantidad de innovaciones pedagógicas, pero de política se hablaba muy poco.

—En primer grado, según me contó en otras oportunidades, usted fue a la Escuela Zapiola, y luego se pasó al Mariano Acosta, donde se recibió de maestro. Podríamos decir que esta última era una “escuela de lujo”, por la calidad y el prestigio de sus docentes. Maestros que a su vez formaban a futuros maestros. ¿Tampoco allí se hablaba de los acontecimientos diarios, los problemas sociales, políticos o económicos?

—Definitivamente, no.

—¿En serio? Me sorprende. O sea que el sistema escolar que usted tanto admira tenía algunas serias deficiencias.

—Desde luego, yo no estoy idealizando nada. Geografía, por ejemplo: una vez fui a Mendoza y estando allí me enteré de que el dos por ciento de su tierra se cultiva. El resto, o sea el noventa y ocho por ciento, no. ¡En la escuela a mí nunca me habían contado eso! A su vez, Historia se dictaba de una manera esquemática: había una “construcción de próceres”, se idealizaba el aspecto
militar de San Martín pero no su política de la unidad latinoamericana. Creo que la debilidad de las escuelas fue ese esquematismo histórico, el no haber ahondado más en las ideas verdaderamente nacionales, en el sentido de que había condiciones objetivas para hacer un país independiente. Por eso, de ninguna manera digo que la escuela era perfecta. Había una manera superficial de considerar ciertos temas, pero en este sentido no sé si se avanzó algo. Creo que los manuales de ahora no los reflejan mejor…

—Usted se recibió de maestro en 1931 pero ya entonces se dedicaba a dar clases. ¿Es cierto que empezó a dar clases en la zapatería de su padre?

—Sí. Una vez fueron a trabajar allí unos lituanos que tenían mucho interés por aprender el idioma. Entonces les enseñé a leer y escribir en castellano. Apenas tenía diez años, pero me di cuenta de que esa era mi verdadera vocación. Más adelante, en la escuela secundaria, gracias a ese gusto por enseñar, me dediqué a dar clases particulares con un horario cómodo, y eso me permitía ganar unos
pesos y seguir estudiando al mismo tiempo.

—¿Qué era lo que más le atraía de la escuela?

—Todo. Todo era extraordinario. Había laboratorios, bibliotecas, patios, hasta una pequeña cancha de fútbol. Yo…

—Perdón que lo interrumpa. ¿Le gustaba el fútbol?

—Mucho. Es una pasión nacional. Aún no había nacido cuando vinieron los ingleses, pero recuerdo que después de años de dominio del club Alumni se formaron los clubes argentinos. Por el barrio éramos todos de San Lorenzo, teníamos nuestro centro de gravedad en Independencia y Boedo. La cancha quedaba cerca, por Avenida La Plata. Otra cosa interesante es que el maestro de escuela nos alentaba a jugar. Me acuerdo de que después de unas olimpíadas, que seguimos con mucha atención, quisimos hacer nuestro propio campeonato interno, y entonces preparamos uno de fútbol y otro de ajedrez. Todo lo que ocurría lo narramos después en la  revista Vida, que editaba el maestro Fesquet.

—Usted explicó que los programas pedagógicos pasaban por una época de gran renovación. ¿Se estimulaban mucho las actividades grupales?


1870-1952
—Sí. Ese colegio en particular estaba adscripto a una corriente pedagógica, la “escuela activa”, que hacía hincapié en la participación de los estudiantes. En el mundo de la educación se notaban algunos cambios, se veía que las cosas tenían que hacerse con mayor participación, incluyendo a docentes, padres y alumnos. Una gran influencia fue María Montessori, una pedagoga italiana que se dio cuenta de que los chicos de los primeros grados podían ser educados con métodos activos. Había una revista que se llamaba La Obra, que informaba a los maestros sobre este tipo de innovaciones.
Portada del número 36 del Año II de
publicación. ‘La Obra’ fue fundada por
un grupo de profesores y egresados de
la Escuela Normal Mariano Acosta.
Desde 1921 se constituyó en la publicación
educativa  en nuestro país con más
permanencia en el tiempo.

Clic aquí para más info.

—¿Hasta dónde se lograron cambiar los programas en los que los alumnos 

resultaban ser meros receptores de información?

—Bueno, el interés era innegable. Al menos en nuestra escuela había varios maestros que se tomaban el asunto en serio. Lo principal era estimular en los estudiantes la capacidad de observación y deducción.

—¿A quién recuerda como “el buen maestro”?

—En el Acosta había un gran número de profesores excelentes. Esa escuela tenía una manera de elegir a sus docentes que siempre me pareció buena: los mejores egresados del Profesorado (en Ciencias y en Letras) se iban incorporando al magisterio. Fesquet, por ejemplo, fue un gran maestro.

—¿Alberto Fesquet, el autor de aquel libro de ciencias naturales que tanto se usó en las escuelas en las décadas de 1950 y 1960?


—Sí. Fesquet fue mi maestro de sexto grado. Siempre le tuve una gran estima.

—¿Recuerda alguna práctica con él?

—Varias. Las experiencias no se aprendían de los libros. Las vivíamos nosotros, como alumnos. En lugar de recitar lecciones, íbamos por el barrio a juntar flores para después analizarlas. O describíamos los árboles, o íbamos al museo. Una vez tuvimos que armar una pecera en el aula, con pececitos y plantas acuáticas. Había que cuidarla, anotar todos los cambios y entonces fue cuando empezamos a descubrir cosas interesantes. Un día, un alumno llevó un caracol para ponerlo dentro de la pecera. El caracol tenía un bichito pegado encima y Fesquet pensó que podía ser un parásito, pero no estaba seguro. Al otro día, Fesquet llegó al aula con un viejo de barba. Era el doctor Fernando Lahille. ¡Lo había llamado para salir de dudas! Inmediatamente descartó que fuera un parásito y nos explicó que se trataba de un “comensal”. Pero más allá de aprender cosas nuevas, lo que valoramos fue la actitud de Fesquet.

—Les estaba mostrando que, ante la duda, era conveniente buscar asesoramiento.

—Así fue. Era una persona muy afectuosa con nosotros. Se preocupó mucho cuando mi hermana menor, Esther, fue atropellada por un auto y estuvo una semana sin conocimiento. En otra oportunidad, nos reunió a los de sexto y nos propuso hacer una revista, Vida, de la que aún conservo algunos números. Íbamos a la imprenta, redactábamos notas, algunos padres trabajaban en empresas y por su intermedio tratábamos de conseguir avisos para financiar los gastos de impresión. A estos señores mayores les debía resultar extraño recibir la visita de esos bajitos en pantalones cortos. Un día, un alumno llevó a la redacción un aviso de Lutz Ferrando. Venía con un dibujito y un “taquito” que, después me explicaron, era un “clisé”. A mí me pareció una palabra rara… Los ejemplares se los vendíamos a los compañeros, pero como los padres daban el dinero, eran considerados socios protectores.

—Además de Fesquet, ¿a qué otros maestros y formadores recuerda?

—Estaban José Luis Romero, Jorge Romero Brest y Alejandro Nogués Acuña. En la biblioteca de la escuela teníamos la enciclopedia Espasa y los clásicos españoles. Además, en el grado organizábamos una pequeña biblioteca. En 1924, se conmemoró el cincuentenario del Mariano Acosta. El primer director había sido Van Gelderen. Hubo una semana de actos y se homenajearon a dos profesores que habían obtenido premios. Uno era para el riojano Arturo Marasso Rocca, docente en el profesorado y “protegido” de Joaquín V. González, y el otro fue para el maestro de grado y poeta Fermín Estrella Gutiérrez.

—Dice usted que Marasso Rocca era profesor de lenguas clásicas. ¿Estudiaban latín o griego?

—No. Marasso Rocca conocía muy bien las lenguas muertas. Fue profesor de Julio Cortázar, un año mayor que yo. Me acuerdo de Joaquín Romero, el hermano de José Luis, quien tenía un amigo maestro, Rojo, que fue rector del Mariano Moreno. Ellos se encontraban a la salida y se iban conversando. Lo mismo que el profesor Bernardelli, que tenía un amigo químico, Arambarri, que siempre lo esperaba en la puerta. Era algo curioso. Yo me quedaba pensando en qué cosas hablarían estos amigos. Empecé a pensar en la importancia de la amistad. Era algo que se buscaba cuando había una compatibilidad. También
recuerdo a Bernardelli, que para ganarse la vida daba clases en una escuela nocturna y nos invitaba a concurrir. Gracias a él empecé a leer teatro.

—Es admirable el ejercicio de memoria que usted hace con la escuela primaria, un ámbito del que probablemente pocas personas conservan tantos recuerdos. ¿Cree que el deterioro de la educación afectó tanto la enseñanza elemental como la secundaria?

—Seguro que sí. Ese es otro gran problema. La escuela secundaria es fundamental para un país. En Francia, a partir de la Revolución Francesa y el gobierno de Napoleón, se crearon la Escuela Normal Superior y la Escuela Politécnica. Eran la base de futuros docentes, profesionales, funcionarios. Si en un país se debilita por cualquier motivo la enseñanza secundaria, entonces se está debilitando el conjunto del país. En la Argentina, desde la época de Sarmiento, le dimos mucha importancia a la educación elemental, pero eso no es suficiente.

—Usted podría haberse dedicado por completo a su vocación de maestro cuando terminó el Acosta. Pero salvo algunas incursiones, como el año que dictó matemática en el Colegio Nacional de Buenos Aires, podríamos decir que abandonó su propósito de dedicarse exclusivamente a la enseñanza elemental y secundaria. Ingresó en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y se convirtió en matemático y profesor universitario. ¿Hubo alguna circunstancia particular que lo alejó de su interés inicial?

—Yo no lo veo tan así. Nunca perdí ese interés. En todo caso, la idea de seguir estudiando no me parecía incompatible con mi vocación docente. Quería perfeccionarme. Había temas que me interesaban mucho, se oía hablar de Einstein y de la relatividad, un tema muy novedoso en ese momento, pero que,
por supuesto, no se aprendía en la secundaria. Pero también es cierto que hubo un factor adicional y es que ya empezaban a aparecer algunas manifestaciones de odio hacia los judíos, y la verdad, teníamos algo de miedo de no conseguir
tan fácilmente trabajo como maestro. Así que me decidí y junto con un amigo, Héctor Schinelli, nos anotamos en el Colegio Nacional de Adrogué y dimos las equivalencias para recibirnos de bachiller y así poder entrar en Ingeniería.

—¿El título de maestro no habilitaba para ingresar en esa carrera?

—No, como tampoco el de perito mercantil. Había que ser bachiller, así que tuve que dar los exámenes y en 1932 entré en la facultad.

Acaba de mencionar la teoría de la relatividad y en ese entonces Einstein ya 
había cobrado renombre internacional. En 1925 fue invitado a dar conferencias en la Argentina. ¿Llegó usted a conocerlo?

—No personalmente, yo tenía once años. Pero recuerdo muy bien que vino invitado y estuvo en la Universidad y en la Sociedad Hebraica Argentina. Él era el prototipo del sabio y parecía una persona sensible. En los diarios La Prensa y La Nación se publicaron resúmenes de las conferencias que dio; eran muy comprensibles. La anécdota que se cuenta es que al llegar a Buenos Aires, le preguntaron por su nacionalidad. Él había nacido en Alemania pero después estudió en Suiza y mantuvo siempre un compromiso muy firme con la comunidad judía. Así que ante la pregunta, el sabio respondió que seguramente, en caso de que sus teorías triunfaran, para los alemanes él iba a ser un sabio alemán, y para los ingleses un judío que vive en Suiza. En cambio, si sus teorías no llegaban a imponerse, para los alemanes iba a ser un judío que vive en Suiza y para los ingleses un sabio alemán.

Ramón Loyarte -destacado físico argentino- , Eduardo Huergo -hijo de Luis y abuelo  del autor del Blog-, por entonces Decano de la Facultad de Ingeniería de la UBA, Albert Einstein, José Arce -rector de la UBA- y Enrique Butty (11 de abril de 1925)  
—Y usted, en definitiva, ¿consiguió aprender la teoría de la relatividad? ¿Estaba en los planes de la carrera?
Enrique Butty (1887-1973)
—No, desde luego que todavía no estaba incorporada, pero igual la estudié junto a Cora, mi primera mujer, y conseguí que el profesor e ingeniero Enrique Butty, que conocía el tema, nos tomara examen dentro de una materia, Matemática Especial, en la que podíamos proponer temas de nuestro interés. Butty era el “relativista” de la facultad.

—La Matemática ha sido y sigue siendo una materia conflictiva para la mayoría de los estudiantes. Sin embargo, usted es de los que escapan a esta regla. ¿Hubo algún motivo de curiosidad, algún factor en particular que lo llevó a elegir el camino de los números?

—Predisposición, eso seguro. Y también un gusto por los procedimientos deductivos que aplicábamos en el colegio. Pero además, una vez…

—¡Cuente!...

—… una vez en tercer año se me ocurrió ir a una conferencia que daban sobre geometría no euclidiana. El que la dictaba era justamente el ingeniero Butty, en el Instituto Popular de Conferencias de La Prensa. Esa conferencia me hizo pensar bastante. Hasta entonces yo había aprendido a pies juntillas los principios de Euclides y me parecían inamovibles. Pero Butty me abrió un panorama totalmente nuevo. La menor distancia entre dos puntos es una recta si estamos en un plano, pero es un arco si estamos en una esfera. Para mí fue una revelación. Al día siguiente, en el colegio, le conté al profesor Carlos Bosch lo que había escuchado y él insistió en que diera la clase en el frente. Por suerte, me acordaba de todo lo que había dicho Butty. Esa experiencia me llevó a reflexionar bastante sobre el valor de los puntos de vista y la importancia de discutirlos. Siempre debemos aclarar los términos que empleamos. Era una conclusión que valía para la geometría, pero por supuesto, también
para la vida misma…

1 comentario:

Ricardo dijo...

Muy bueno. Me hizo recordar viejos tiempos.
Es notable la claridad de pensamiento político, docente e histórico de Manuel que se desprende de estas notas.