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2017.07.24: Laura Rozenberg: Conversaciones con Manuel Sadosky - 6. La época de oro de la universidad (parte 1 de 2)

6. La época de oro de la universidad (parte 1 de 2)


La sede original de la Facultad de Ciencias Exactas
y Naturales, en la Manzana de las Luces.


Pabellón 2 de Ciencias Exactas, vista desde el edificio IFIByNE (UBA-CONICET)
Laura Rozenberg. —El joven matemático socialista que era usted en 1952 perdió su cargo en la facultad por no querer afiliarse al peronismo. Hay algo llamativo: usted no condenaba al movimiento abiertamente, pero igual no aceptó someterse y perdió su puesto. ¿Cómo se explica?

Manuel Sadosky. —Por una simple cuestión de principios. Yo no condenaba al peronismo pero tampoco lo aprobaba. No podía aceptar esa exigencia.

—Usted en ese momento era Jefe de Trabajos Prácticos.

—Y a todos un día nos dijeron que estábamos obligados a firmar la ficha peronista.

—¿Cómo reaccionó?

—Bueno, hice algo que ahora puede parecer ingenuo.

—¿Sí?

—Les escribí una carta a los peronistas explicándoles mi posición. Decía que mi negativa a afiliarme no había que interpretarla como un capricho, sino como una demostración de respeto hacia los peronistas, así como los maestros laicos que no aceptaron enseñar religión en la escuela mostraban una posición de respeto a la Iglesia.

—Para usted, afiliarse era una hipocresía.

—Sí, eso es. Lo que a mí más me importaba era hacerles ver su error. Hice lo que me pareció correcto. Terminé enviando la carta a un tal coronel Martínez, de Misiones, que integraba el equipo de la Secretaría de la Presidencia, y que tenía cierta sensibilidad. Pero bueno, no esperé que me respondiera.

—¿Lo echaron?

—No. Simplemente no nos renovaron el cargo. Así que nos tuvimos que ir de la facultad: Spivacow, Bunge, Westerkamp, Goldschwartz, Varsavsky, Cora y yo.

—Después de esa experiencia, ¿no se transformó en un “gorila”?

—No, no.

—¿Ni siquiera en el momento en que se quedó sin trabajo?

—Nunca, no.

—Pero hubiese sido comprensible…

—¡No! Hubiese sido un reduccionismo grotesco. Obviamente no estuve de acuerdo con las exclusiones. Pero eso no me impedía ver que el peronismo estaba teniendo sensibilidad popular y se estaba llevando adelante una transformación sin precedentes en el terreno de las leyes laborales. 
En cambio, el peronismo no entendió el problema educativo. Y a la vez, los universitarios tampoco entendíamos por qué se estaba dando ese cambio. Creo que en ese contexto, tanto unos como otros salimos perjudicados. Por eso no me parecen bien las posturas extremas. Las cosas nunca son blancas o negras y, en ese caso, más que nunca la situación del país distaba de ser sencilla. Nuevamente recuerdo la frase de Goethe: “Las teorías son grises, el árbol de la vida es verde”.

—¿Podemos decir que ha perdonado?

—Tampoco se trata de perdonar. Son cuestiones históricas. Desencuentros típicos de la Argentina. Después de la Segunda Guerra Mundial hubo grandes condiciones para transformar el país, para crear industrias con buenos controles de calidad, para modernizar la agricultura, la ganadería, la pesca. Pero los sectores vinculados a la tierra lo único que pretendieron fue mantener sus privilegios, mientras que los industriales, por su lado, buscaban proteccionismos que aseguraran ganancias en poco tiempo. Así fuimos cayendo en la decadencia y esa es nuestra miopía: discutir lo intrascendente y dejar de lado lo trascendente.
Aquel abrazo entre Perón y Balbín
(19/11/1972)

—Usted habrá entendido el abrazo de Perón con Balbín.

—Sí, cómo no. Cuando yo escribí esa carta, en el año 1952, si hubiera tenido la oportunidad, le habría explicado a Perón por qué yo estaba tan convencido de que era posible empalmar la capacidad de la gente de la Argentina intelectual con los planes de gobierno.

—¿Cómo metabolizó la consigna “alpargatas sí, libros no”?

—¡Ah, no! Esa fue una consigna que difundió sarcásticamente el viejo Partido Socialista, de gente como Américo Ghioldi, que tenía un discurso esquemático. 
Perón nunca dijo eso. Él se fue apoyando en diversos sectores y así ganó adeptos: era relativamente más ilustrado que los militares comunes, había estudiado historia, citaba con frecuencia a los clásicos -y efectivamente había leído algunos-, hablaba correctamente el castellano. Los discursos de Perón no eran una cosa populachera. Fue evolucionando. Al principio él estaba convencido de que el fascismo y el nazismo eran una forma de crear grandes potencias, pero la realidad fue mostrando una cosa muy distinta… 

—Entonces usted está de acuerdo con que Perón era un simpatizante nazi.

—Es muy probable que haya sido un simpatizante nazi, pero digamos que más que por una cuestión racial, por una cuestión militar. Desconozco sus intimidades pero la gente que lo trataba advierte que era una persona multifacética. 
Yo creo que fue muy grave que la intelectualidad no haya comprendido a Perón y que Perón no haya comprendido a la intelectualidad. No fue nada feliz ese divorcio. Si Perón hubiera entendido las cuestiones que Bernal planteaba en Historia social de la ciencia y se hubiera puesto en contacto con los científicos, en lugar de iniciarse en 1943 con la expulsión de Houssay de la universidad, el cambio que se hubiese producido en el país hubiese sido muy distinto.

—Pero una persona capaz como él, si hizo lo que hizo fue porque lo tenía muy claro. No se equivocó.

—No se hace lo que se quiere. Nunca, en ningún lado.

—La expulsión de Houssay fue una decisión política que Perón tomó cuando todavía estaba en el Ministerio de Trabajo.

—Esa es la versión ultra. Yo digo que no se hace lo que se quiere. De entrada él no estaba en la cima. Yo a Perón no lo defiendo. Culpo a la intelectualidad que se aferraba mucho a esas circunstancias que eran sólo una parte de la realidad. Había una legislación social y laboral muy atrasada y lo que se progresó en ese sentido debiera haber demostrado que se podían encontrar puntos de acuerdo para desarrollar una ciencia y una técnica absolutamente imprescindibles para la Nación. Decir que Perón era un demagogo es reducir mucho el problema. Ni los intereses ni las acciones se viven en un plano, hay subidas y bajadas. Los esquemas maniqueos no son los verdaderos. Ha habido una sucesión de errores históricos a partir de los años treinta, producto de que no toda la culpa está de un lado ni la bondad del otro, sino que hay siempre una cantidad de marchas y contramarchas que en definitiva hicieron que el país, en gran parte, abdicara de su soberanía.

—¿Y qué ocurre cuando Perón regresa en 1973?

—Ahí sí creo que la intelectualidad se equivocó. Creyó en una persona que ya estaba vinculada con la P2 y que además estaba asesorada por un brujo.

—Pero en todo caso, aquellos hechos vendrían a mostrar el rostro de Perón y sus intenciones.

—Puede ser, pero en tal caso también era una responsabilidad encontrar un grupo intelectual que hubiera puesto en evidencia el hecho de que aquellos discursos no favorecían al país. En lugar de eso, por un lado, se entregaron incondicionalmente, y por otro, concibieron acciones de tipo guerrillero que no se correspondían con la realidad argentina. Entonces quedaron muy aislados. Perón estaba muy pervertido por la corte que lo rodeaba, los usó en algo tremendo como las acciones guerrilleras y hubo un retroceso político importante. Los atrasos en la izquierda social fueron considerables.

—Usted no fue de los que apoyaron a Perón en 1973.

Revista Ciencia Nueva N° 17,
julio/1972, que incluye una
entrevista a Manuel Sadosky,
la que será publicada en este
Blog próximamente.
—No, no lo apoyamos. Yo estaba en total desacuerdo, pero quedamos muy pocos en esa condición. Entre 1970 y 1973 apareció una revista de divulgación científica y técnica, Ciencia Nueva, que mostró muy bien ese proceso; especialmente los últimos números muestran cómo se fueron definiendo los Comandos Tecnológicos. Al principio yo colaboraba con la revista, pero me alejé en la medida que se fue volcando hacia el peronismo. Rolando García siguió en la revista y nos distanciamos: él pasó a integrar esos comandos que se formaron con la llegada de Perón. Después se decepcionó.

—Convengamos en que esa fue su postura con respecto a Perón. Sin embargo, vayamos para atrás, al 16 de septiembre de 1955. Podemos decir que usted “aceptó” la Revolución Libertadora. ¿Le preocupó que se estuviera derrocando un gobierno constitucional?

—¿Su pregunta es por qué no criticamos el golpe? ¡No hubiésemos ganado nada!

—Disculpe, pero al comienzo de este reportaje hablábamos de “principios”.

Revolución Libertadora, La Nación, 23/09/1955
—Es que el país estaba en un callejón sin salida. Se estaban abandonando las consignas que Perón mismo había levantado. Nosotros estábamos en desacuerdo con la Confederación General Universitaria, con la Unión de Estudiantes Secundarios…

—¿Eran motivos suficientes?

—Es que no hubo en el gobierno de Perón una auténtica democracia popular; hubiese hecho falta aumentar la participación colectiva. La autocrítica hay que hacerla, pero no pretendiendo que lo anterior era mejor. En 1943, cuando se produce el golpe que derroca a Castillo, lo primero que tomaron los reaccionarios, con Olmedo y Genta a la cabeza, fue el Consejo Nacional de Educación, y a partir de ahí se estableció la enseñanza religiosa, lo que implicó un retroceso tremendo en relación con la Ley 1420. 
Por eso no creo que sirva hacer tanto racionalismo. Las cosas se presentaron bajo ese ángulo. La gente que estaba en educación sentía que los gobiernos peronistas habían ignorado esta cuestión. Y las personas, en general, nos movemos por impulsos. Para nosotros, en 1955 era importante abrir la universidad al siglo XX, se miró más ese aspecto que otro.

—¿Cómo vivió el día después de la Revolución Libertadora?

—Esa mañana fuimos con mi amigo y colega Pablo Amati a recorrer en auto la zona sur. Recuerdo que lo que vimos en las calles fue una tristeza indescriptible. Estaba todo cerrado. Era un duelo, un duelo profundo, que contrastaba con la alegría y las banderas que flameaban en el barrio de Recoleta. Era evidente que algo se nos estaba escapando. Y ese algo eran las dos argentinas…

—Hubo al poco tiempo, sin embargo, un movimiento “por la democracia” en el que usted participó. ¿Había una intención opositora?

Oscar Varsavsky (1920-1976) 
—No fue un movimiento con intenciones partidistas. Más bien se orientaba en la línea desarrollista, que empezaba a crecer. Era un grupo de gente de la cultura que se formó con la idea de empezar a defender las fuentes nacionales y el desarrollo científico y tecnológico. Estaban Margarita Argúas, Oscar Varsavsky, José Luis Romero… Poco después de la Revolución, el 17 de noviembre de 1955, hicimos un acto en la Facultad de Derecho y habló el profesor Alberto Zanetta sobre el petróleo y el carbón. Una de las cosas que se decía era que había que capitalizar la experiencia dejada por la guerra mundial.

—¿Se reintegró como profesor después del golpe?

—Sí, los estudiantes pidieron mi reincorporación y eso me trajo una gran
Cora Ratto (1912-1981)
satisfacción. Fui profesor interino hasta que se hicieron los concursos. Ahí gané la titularidad de la cátedra de Análisis Matemático en Ingeniería, y Cora quedó como Profesora Asociada. En ese momento, ella había iniciado un trabajo muy interesante en la editorial Abril, por primera vez se ponían en práctica métodos estadísticos de control de publicaciones y los empresarios estaban muy satisfechos con los resultados.

—¿Tuvo que decidir si quedarse en el sector privado o ser profesora universitaria?

—Decidió renunciar a la editorial. Ambos concursamos por una dedicación exclusiva en la facultad. El gerente de Abril trató por todos los medios que Cora se quedara. Le ofreció un aumento muy generoso pero Cora no cambió su decisión de volver a la universidad.

—La dedicación exclusiva fue una medida muy discutida en la universidad, como usted solía decir, y recién se llevó a cabo cuando los reformistas lograron incorporarla al Estatuto Universitario. ¿Quiénes se oponían?

—Probablemente aquellos que temían perder posiciones dentro de la universidad. Pero la intención nuestra era muy noble. Lo que se pretendía era jerarquizar la tarea del profesor, impedir que se tomara como un mero complemento de actividades privadas.

—Pero también exigía una buena dosis de voluntad. Los profesores debían resignarse a recibir sueldos relativamente modestos y a renunciar al ejercicio privado de la profesión. Mirando hacia atrás, ¿cree que hicieron bien en mantenerse firmes?

—Pienso que hicimos bien. La dedicación exclusiva se instauró. Quizá tendríamos que haber tenido más en cuenta que la experiencia laboral también es un valor importante y que los docentes, por ejemplo en Economía o Ingeniería, impedidos de trabajar en forma privada, no podían trasmitir su experiencia a las nuevas generaciones. 
Poníamos como ejemplo a Bernardo
Bernardo Houssay (1887-1971)
Houssay, que había abandonado todo para dedicarse a la investigación y a la docencia. Después lo imitaron Lewis en Rosario, Orías en Córdoba, Fasciolo en Tucumán. Ese fue el gran ejemplo de Houssay, el primero. Pero eran voluntades personales, nosotros queríamos ampliar la posibilidad para todas las especialidades. Por otra parte, la paga era digna; no nos podíamos quejar, todo lo contrario. La sensación era que estábamos viviendo un momento único y que había que aprovecharlo al máximo haciendo cosas útiles para el país.

—Sin embargo, el peronismo sostuvo que aquellos concursos fueron en realidad una maniobra discriminatoria para excluir a los profesores peronistas. Una suerte de revancha. Incluso el decreto de intervención de 1955 lo decía claramente: aquellos profesores comprometidos con la “dictadura”, o sea el peronismo, quedarían excluidos de los concursos.

—Una de las primeras medidas del gobierno universitario encabezado por
José Luis Romero (1909-1977)
Romero fue declarar a todos los docentes “en comisión”, a fin de abrir los concursos de profesores en todas las casas de estudios. El peronismo, sin embargo, consideró esta medida como una cabal muestra de revanchismo que apuntaba a incorporar a simpatizantes del nuevo régimen, alejando a los anteriores, y aludía al Artículo 32 del Decreto 6403 que decía que no serían admitidos para los concursos aquellos docentes que “en el desempeño de un cargo universitario, de funciones públicas o de cualquier otra actividad, hayan realizado actos positivos y ostensibles de solidaridad con la dictadura”. Sin embargo, la intención no era esa. Por el contrario, la decisión de declarar a todos en comisión se tomó para permitir la inscripción tanto de aquellos que ya estaban trabajando como profesores universitarios en las facultades como de quienes se habían visto impedidos de participar hasta entonces. Realmente, desde esta óptica, fue una decisión trascendente, porque abrió la posibilidad de regreso de muchos profesores que se habían exiliado. En suma, aquella cláusula se aplicó sólo a los verdaderos enemigos de la cultura. Y la prueba está en que gente como Alberto González Domínguez, que había estado en la facultad durante todo el período peronista, y aun llegó a decano, después ganó por concurso su cátedra de Matemática. En todo caso, la cláusula 32 se aplicó a traidores a la patria, como el físico alemán Richter, un farsante que había contado con el apoyo de Perón para desarrollar un proyecto delirante sobre fusión nuclear y que, después de dos años y muchísimo dinero dilapidado, se comprobó que había sido un gran fraude.

—¿Y cómo resultaron los concursos?

—Los concursos se planificaron con mucha seriedad. Significaron un cambio radical en el proceso universitario. Era la primera vez que funcionaban jurados técnicos, es decir, profesionales que juzgaban a sus pares sobre la sola base del conocimiento, sin condicionamientos políticos de ningún tipo. Lo cual merece destacarse, ya que la única autoridad hasta entonces con permiso para nombrar profesores era el propio Presidente de la Nación. De modo que los concursos por oposición con jurado experto fueron el primer reclamo no bien se normalizó la universidad. Inclusive vinieron evaluadores de Europa y de los países vecinos, tal era nuestro interés por valorar correctamente a los candidatos.

—La “época de oro” de la universidad se puso en marcha.

—El rector Risieri Frondizi fue la figura destacada de la “época de oro” de la universidad. Durante su mandato se aprobó el Estatuto Universitario que, por
primera vez en la historia, puso en práctica las consignas de la Reforma de 1918, empezando por el gobierno tripartito. 



También durante el mandato de Frondizi se decidió la construcción de la Ciudad Universitaria y la creación de la Editorial Universitaria Eudeba. Se crearon departamentos en las facultades y apareció la figura del profesor full time. Se abrieron concursos de profesores y se repatriaron profesores. 
Por primera vez se instauraba en la universidad un gobierno tripartito promovido por la Reforma cuarenta años atrás, pero que nunca hasta entonces se había llevado a la práctica. A lo sumo, antes de 1930, se había logrado incorporar representantes estudiantiles a los consejos, pero en la práctica eran graduados que funcionaban como voceros. En Derecho, por ejemplo, estaban Carlos Sánchez Viamonte, Julio V. González y Florentino Sanguinetti. 
Una de las anécdotas que circulaban ilustra muy bien el clima de aquellas reuniones. Se cuenta que una vez, estando reunido el Consejo Directivo de Derecho, los conservadores se quejaron de la gente “sin alcurnia” que iba a las reuniones sólo para provocar un clima caldeado. Uno por uno se fueron levantando los “acusados”. Carlos Sánchez Viamonte sacó a relucir sus antepasados próceres; Julio V. González recordó que él era nada menos que hijo de Joaquín V. González; por suerte, Sanguinetti, que era reformista y tenía un poco más de sentido del humor, se levantó y salvó la situación: “Les ganamos por tres próceres a cero, a pesar del ‘tano’ Sanguinetti”, vociferó en medio de los aplausos y las risas. 
Risieri Frondizi fue, entonces, el primer rector que encabezó un gobierno realmente tripartito, con verdaderos representantes de los tres claustros: profesores, graduados y estudiantes. Primero lo eligieron rector interino, y en ese lapso organizó la Asamblea Universitaria, en la que se elaboraron las bases del Estatuto Universitario. 
Tengo muy presente el momento de la lectura del Acta. Luego de un silencio emotivo, Eduardo Braun Menéndez se levantó y pidió un aplauso para los redactores. Así ratificaba su apoyo y, para nosotros, ese gesto fue muy importante, ya que era un hombre muy respetado por la comunidad científica, y aunque tenía convicciones religiosas muy firmes, apoyó siempre el proceso de afianzamiento de la Reforma.

—Quienes como usted vivieron la “época de oro” recuerdan por sobre todo el entusiasmo que se vivía en todas las facultades. Usted fue Vicedecano de Exactas durante dos períodos consecutivos, de 1958 a 1962 y de 1962 a 1966, en ambas oportunidades junto con el decano Rolando García. En ese tiempo, se comenzó a construir la Ciudad Universitaria, se fundó el Instituto de Cálculo, se trajo la primera computadora. Uno de los temas que usted prefiere recordar es la calidad de los estudiantes que empezaron a egresar de aquellas aulas.

Mischa Cotlar (1913-2007)
—Efectivamente hubo un despegue impresionante en todo sentido. Primero se reincorporaron profesionales de gran prestigio, como Houssay y Leloir, y cada uno trajo a sus colaboradores, de modo que hubo gente de primera línea que empezó a poblar los laboratorios. En matemática se incorporó Mischa Cotlar, un hombre excepcional; en física teórica, Juan José Giambiagi. Por su parte, Juan Roederer estudiaba rayos cósmicos y viajaba seguido a la cordillera para tomar placas. Carlos Varsavsky, el astrofísico, se convirtió después en una figura del desarrollo industrial. La universidad compró además la computadora y un equipo de resonancia magnética, algo que en esa época muy pocos países tenían. Se creó el CONICET, que empezó a dar subsidios y gracias a eso se montaron nuevos laboratorios. Recuerdo que en el Instituto Malbrán, César Milstein puso un cartelito: “Biología Molecular”. Estábamos en la cresta de la ola… 
El clima era excelente. La gente no sabe lo que puede llegar a producir en pocos años un pequeño grupo si trabaja intensamente. Pero está claro que no sólo se necesita la iniciativa, sino también la concreción y el ambiente. Los resultados nos daban mucha confianza.

—Antes mencionó que el proyecto de la Ciudad Universitaria es de la época de Risieri Frondizi.

—Sí. Hasta 1958 la mayoría de las carreras científicas se dictaba en la Manzana de las Luces. Nosotros decíamos “en Perú”, porque la entrada era por Perú 222. Por ahí se entraba a Ingeniería, Matemática, Física, Química. Las aulas se usaban para dar las materias de distintas carreras en distintos turnos. Había
[La Facultad de] "Derecho estaba en Las Heras
y Azcuénaga, en esa construcción absurda de
estilo 'gótico criollo'". Foto de 1926.
superposiciones, pero los laboratorios eran importantes. De tanto en tanto se reacondicionaba el espacio con otras construcciones precarias. En una especie de garaje, cerca de Perú, había laboratorios de biología. Las demás carreras ya tenían edificio propio. Derecho estaba en Las Heras y Azcuénaga, en esa construcción absurda de estilo “gótico criollo”. Cuando Derecho se mudó, una parte de Ingeniería pasó a ese edificio, entonces en Perú sólo quedó Ciencias Exactas y Naturales. La que más crecía era Química. Después de la caída de Perón, lo que había sido el edificio d[e la Fundación Eva Perón, en Paseo Colón e Independencia, pasó a ser sede de otra parte de Ingeniería. Medicina había construido un edificio hacia 1938 y el rector Risieri Frondizi propuso crear una Ciudad Universitaria como en otras partes del mundo.


(Continuará...)

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Hernán