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2017.08.04: Laura Rozenberg: Conversaciones con Manuel Sadosky - 10. Los sueños postergados

10. Los sueños postergados


Manuel Sadosky junto a Raúl Alfonsín
(foto suministrada por Hugo Scolnik)
Laura Rozenberg. —El hombre que supo ser político y profesor universitario un día viajó a Barcelona y tuvo la idea de construir, en un museo de ciencias, una sala especialmente dedicada a la matemática. ¿Era un sueño postergado?

Manuel Sadosky. —Tal vez. Los museos de ciencias siempre me interesaron porque de alguna manera tienen que ver con mi preocupación por el tema educativo. Pero además, siempre me consideré un profesor de matemática, no un matemático.

Me interesa trasmitir el conocimiento y, en este sentido, entiendo que el museo de ciencias ayuda a revertir el mito de que la matemática es incomprensible e inútil.

—Concebir una sala de matemática a partir de juegos interactivos requiere buenas dosis de creatividad.

—Desde luego.

—¿De quién fue la idea?

Museo CosmoCaixa en Barcelona,
en la actualidad. 
—Empecé a elaborar la idea cuando supe que estaba en marcha el Museo de Ciencias financiado por La Caixa, de Barcelona. Siempre tuve ganas de hacer algo parecido y esa fue una oportunidad. Ellos tenían el lugar y yo les propuse hacer algo con la cuestión de la matemática que, a mi entender, es la dificultad máxima en la educación elemental.

—¿Contó con apoyo?

—Sí. Ellos aceptaron y tuve un equipo. Entre ellos estaba Carlos del Peral, un hombre culto y humorista. Hacía poco tiempo que Cora había fallecido y yo me sumergí de lleno en el trabajo.

—¿Estaba solo en Barcelona?

—Sí. Mi hija y su familia vivían en Washington, donde justamente murió mi esposa. Habíamos ido a pasar el Año Nuevo juntos, como de costumbre. Ese año hizo mucho frío. Después de Navidad, yo viajé a Toronto para asistir a un congreso, y estando allí me llamaron para avisarme que Cora había tenido un infarto. Fue el mayor golpe que recibí en mi vida.

—¿Regresó en seguida a Barcelona?

—Sí. Hacía un año que vivíamos allí, después de dejar Caracas. La primera vez nos invitó un alumno, nos gustó y decidimos radicarnos en la Ciudad Condal. Por eso sabía lo de La Caixa. Ya estaba en mis planes.

—En su concepción educativa, ¿cuál es la importancia de los museos de ciencias?

Palais de la Découverte, Paris
—Los veo como un sistema muy importante y complementario a la educación formal. Los medios de comunicación de masas, como la televisión, nunca tuvieron aquí un papel preponderante como la BBC de Londres. Habría que aprovecharlos más, vincularlos más con la universidad. Ese es un aspecto. El otro sistema, menos masivo, es el de los museos de ciencias para jóvenes, de los que ya se cuentan varios en diversas partes del mundo. Yo conocí, en 1946, el Palais de la Découverte, que organizó el Premio Nobel de Química, Jean Perrin, y que después fue ampliado. Además, se fundó el Museo de la Villette, en París. Es algo excepcional. También en Estados Unidos hay varios museos, entre ellos el complejo Smithsonian, en Washington, y los museos de Boston y de San Francisco.

—¿Cómo se concibe una sala de matemática para un museo de
ciencias?

—Fue un proceso muy interesante porque la ciencia matemática en sí es muy fecunda, por la abstracción que logra partiendo de la naturaleza. La idea fue mostrar el proceso del conocimiento matemático. Esto era lo que a mi juicio había que mostrar a los niños y a los maestros en un museo.

—¿Cuál fue el punto de partida?

—Hicimos una reseña histórica. Primero, la época en que la humanidad no tenía conciencia de la matemática y usaba las manos para cazar y recolectar. La capacidad de abstracción que tiene el hombre es lo que le permitió adquirir la noción de número. Debe haber llevado mucho tiempo distinguir la cualidad abstracta que tienen en común tres objetos y tres dedos. La idea de lo contrario, de la forma, es previa a la abstracción.

—¿Cuándo nace la matemática?

—Recién cuando se abstrae el número y la forma del objeto. Después surgieron otras nociones, como la idea de lo recto y lo circular. En la naturaleza, la recta pura no existe, como tampoco existe la circunferencia pura. Son todos conceptos abstractos. En Egipto avanzó mucho la aritmética pero no tanto la geometría, eso está registrado en el libro de Amoseh. Ellos sabían resolver problemas aritméticos difíciles pero no sabían calcular la superficie del triángulo. En el museo eso se iba contando en láminas y en maquetas.

—¿Hicieron juegos interactivos?

—Sí. Para los chicos y los maestros. Si pensábamos armar algo así, valía la pena tener en cuenta el doble objetivo de educar a los niños y renovar la información de los profesores, estructurando un plan que reflejara la evolución de la matemática.

El maestro tiene que saber estas cosas. El libro de los Elementos de Euclides
Pergamino del Libro de los Elementos, de Euclides
(300 años a. C.) se usó hasta comienzos de este siglo en Inglaterra. Es de una solidez impresionante.

Hay que detenerse en algo que parece trivial pero que tiene un significado trascendente, y es que hasta que el “cero” no “existió”, no fue posible el cálculo numérico actual.

—¿Cómo concibió el cero en el museo?

—¡Ah! Eso fue interesantísimo. En realidad, cuando pusimos manos a la obra, pensamos por dónde empezar y todos dijimos “el cero”. Desde el punto de vista conceptual, es algo maravilloso. Carlos del Peral, el amigo humorista, propuso hacerle un monumento y ahí nomás le encargamos la cuestión.

—¿Se hizo?

—Sí. Se proyectó un verdadero monumento, muy bonito, que debía colocarse en la entrada. Al lado del monumento aparecía el primer problema: “¿Por qué no pueden haber más de cinco poliedros regulares?”.

Primera representación del cero. En la ciudad
hindú de Gwalior, a 400 kilómetros de Nueva Delhi
Durante siglos, el cálculo numérico fue imposible porque no se conocía el “cero” como número y por eso se usaban letras, como alfa, beta, o símbolos numéricos. El “cero” fue inventado en la India, y de ahí fue tomado por los árabes. Ellos, a su vez, desarrollaron un sistema que penetró en Europa hacia el año 1200. Eso facilitó de una manera notable el crecimiento del comercio.

Luego se pasó al álgebra con problemas de mayor complejidad. Se fue evolucionando hacia la formalización y el modo universal de presentar la geometría y la aritmética. Paralelamente, se observa el desarrollo de otras ciencias, en forma independiente de la matemática tradicional. Aparecen las geometrías no euclideanas y más adelante arribamos a que todas estas cuestiones se pueden aprovechar para resolver problemas técnicos, culminando con el descubrimiento del electromagnetismo efectuado por Maxwell, lo que dio origen a la radiotelefonía y la televisión.

A través de la historia narrada mediante juegos interactivos, los niños llegan a la conclusión de que sin desarrollo teórico no hubiese habido televisión.

—¿Cuál fue la estructura de la muestra?

—Se la dividió en tres partes: los números y las formas; la segunda con la abstracción y el desarrollo racional de la ciencia; y finalmente, las posibilidades de aplicación para generar nuevos desarrollos. Incluimos juegos, como el ajedrez, mostrando el hecho interesante de que al ser un juego, los resultados que se obtienen no pueden modificar la realidad. Preparamos una gran cinta de Moebius, armamos sofismas y juegos para detectar errores ópticos.

La idea del museo fue vincularlo con la vida, mostrando la creatividad que subyace en las cuestiones abstractas, las limitaciones de los sofismas y juegos para detectar ilusiones ópticas, pero lo importante es que lo hicimos para que sirviera al doble objeto de interesar a los alumnos y de permitirles a los profesores la renovación de sus conocimientos. Con esta idea se implementaron cursos y visitas guiadas conducidas por alumnos voluntarios de las carreras de ciencias.

—Barcelona representa el último tramo de su exilio. En 1982, Raúl Alfonsín viaja a España y se aloja unos días en su casa. ¿Aquel contacto fue el origen de su designación como Secretario de Ciencia y Técnica?

—No. En ese momento no se hablaba del tema. Además, a Alfonsín lo conocía de antes.

—¿Sí?

—La historia es muy graciosa. Estábamos viviendo en Venezuela cuando un día me llama Jorge Roulet desde Buenos Aires diciéndome que habían conseguido que Alfonsín fuera a Estados Unidos, pero como no les alcanzaba el dinero, pensaban hacer escala en Caracas, a la espera de un giro para cubrir el pasaje hasta Washington.

Alfonsín llegó con Germán López, a quien yo conocía, y estuvieron unos días en casa esperando que llegara el dinero de Buenos Aires. Hablamos mucho. Alfonsín conoció a Pérez Alfonso, un referente clave para el tema del petróleo y, por mi parte, le hablé mucho acerca de lo que a mi juicio resultaba imprescindible para pensar un país moderno, es decir, la investigación y el desarrollo tecnológico. Le relaté los ejemplos de Estados Unidos y la Unión Soviética. Él parecía muy interesado pero a la vez esperaba el dinero, que no llegaba.

Por suerte, Germán López se encontró con un antiguo compañero de la escuela secundaria y, como económicamente en Venezuela se estaba muy bien en ese momento, el amigo no tuvo problemas en entrar a una agencia de viajes y sacarles pasaje a los dos. Así pudieron partir y en Estados Unidos mi hija Cora los vinculó con los Kennedy, en relación con los Derechos Humanos.

Mientras tanto, yo viajé a España y cuando él llegó a Barcelona se alojó en casa. Yo seguía hablando de la necesidad de un vuelco de la cultura. Había aparecido un libro de Snow, Las dos culturas, que definía un “humanismo tecnológico” con el cual coincido.

—¿Ya se hablaba de la candidatura de Alfonsín?

—Sí. En España había muchos exiliados y ese tema se tocaba bastante.

—¿Cuándo decide usted regresar a la Argentina?

—En cuanto se abrieron las posibilidades democráticas. Por lo demás, siempre pensé en volver. Mi lugar es estar acá.

—¿Tenía pensado integrar el Centro de Participación Política?

—Eso fue cuando llegué. Roulet me invitó a integrarlo y yo le dije que aceptaba siempre que no fuera algo partidario.

—¿Y resultó así?

—Sí. El CPP se integró de esa manera.

—Usted formó parte de la comisión de ciencia y técnica de esa agrupación que también reunió a Jorge A. Sábato y a Roque Carranza. ¿Qué planes propusieron?

—Bueno, junto con Jorge Sabato y otras personas, se vio que era la gran
Jorge A. Sabato (1924-1983)
oportunidad para sacar adelante el país. Había que buscar a toda la gente técnica y democrática para formular una política científico- ecnológica como propiciaba Sábato y vincular este sector con empresas de todo tipo, principalmente del Estado. Él tenía una gran experiencia en el sector metalúrgico, y aunque ya estaba bastante enfermo, puso una vez más el acento en el desarrollo tecnológico y en la vinculación empresaria. En la época de Levingston, Sábato había estado en SEGBA y por primera vez había incorporado doctores en física a esa empresa. Esto hay que verlo como un avance importantísimo, pero en la década de 1970 aquel esfuerzo le costó mucho y terminó renunciando.

En cuanto a Roque Carranza, en la época de Illia había propiciado la creación del CONADE, el Consejo Nacional de Desarrollo, que hizo el primer programa nacional de economía. El reencuentro fue muy grato y además parecía que en el espíritu de los políticos se había hecho carne la necesidad de nuclear personas con intereses científicos y nacionales.

—¿La participación en el CPP condicionó los futuros cargos en el gobierno?

—Hubo varias personas que actuaron ahí y después pasaron a la Secretaría de Ciencia y Técnica, pero yo no diría que fue un condicionante. Lo único que importaba era la capacidad de la gente.

—A fines de 1983, la comisión organizó el Encuentro Nacional de Ciencia y Tecnología. ¿De ahí salieron las bases programáticas para la futura gestión?

Sí. Eso quedó resumido en un libro y fue la raíz de la coherencia que tratamos de mantener después. El 12 de octubre de 1983 hicimos un acto multitudinario. Se reunieron como seiscientos científicos, algo que hacía tiempo no se veía en el país, y Sábato envió un casete ya que estaba gravemente enfermo.

—¿Cuál fue la primera medida que adoptó como Secretario de Ciencia y Técnica?

—Acercarnos a la mayor cantidad de gente, sin discriminaciones. En seguida se creó una comisión de retorno de argentinos que dirigió Jorge Graciarena. Paralelamente, encaramos dos aspectos a desarrollar: la biotecnología y la informática.

Una de las primeras gestiones fue el apoyo a la creación del área “Jorge Sábato” en el Banco de la Provincia de Buenos Aires, en honor al amigo recién fallecido. Nunca un banco argentino había tomado a su cargo problemas relativos a la ciencia y a la técnica.

En 1984, llegó al país César Milstein. Tuvimos una serie de reuniones y se lo presenté a Alfonsín para que se publicara en todos los diarios. Hablamos sobre los avances en la biotecnología y, en octubre, pocos meses después, le dieron el Premio Nobel.

Manuel Sadosky en su cumpleaños 70. A la izquierda,
en primer plano, Sara Rietti (1984)

—En esa época se decía que el país todavía estaba a tiempo de subirse al tren.

—Efectivamente. En biotecnología hubo un gran empuje. Tratamos de

descentralizar, de crear polos tecnológicos en el Interior. Se apoyaron los ejes Rosario-Pergamino y Santa Fe-Paraná. Y además, se creó el Intech, en Chascomús, un instituto biotecnológico que César Milstein “apadrinó”. También se hizo mucho para mejorar la cooperación con Brasil. Fue una de las prioridades. Pero esto es sólo un pantallazo. Hubo muchas otras cosas que encaró la Secretaría, como la habilitación del observatorio astronómico de Pampa del Leoncito, en San Juan, y la pelea por un satélite científico que, al final, no le pudimos ganar al Ministerio de Economía.

Manuel Sadosky y César Milstein (1984)
(foto suministrada por Hugo Scolnik)
—Sin embargo, durante su gestión, los investigadores vivieron una de las peores épocas que se recuerden en materia salarial. ¿Lo considera un fracaso de su gestión?

—Por un lado, nos perjudicó la hiperinflación. Hicimos lo que se pudo. Mantuvimos muchas conversaciones sobre la cuestión de los salarios con el Ministerio de Economía. Inclusive una vez fuimos con Leloir. Son problemas que no se resuelven de un día para el otro.


Manuel Sadosky en su cumpleaños 75, con Raúl Alfonsín (1989)
(foto suministrada por Hugo Scolnik)
La ESLAI, la Escuela Latinoamericana de Informática, ¿fue un intento de reproducir la experiencia del Instituto de Cálculo?

—Fue más ambicioso. El Instituto de Cálculo también volvió a abrir sus puertas en la UBA y fue una enorme alegría para nosotros. Pero con la ESLAI nos propusimos crear una escuela de avanzada en informática. Se montaron laboratorios y en unos años se recibieron varias camadas de profesionales. Inclusive vino gente del exterior a tomar cursos.


Manuel Sadosky en la ESLAI
(foto suministrada por Hugo Scolnik)
—En una entrevista, usted homologó el destino de la ESLAI con la “época de oro” de la universidad. Los denominó “climas ficticios”. ¿Por qué?

—Porque fueron paraísos aislados. Teníamos razón, pero una razón de
Roque Carranza (izq.) (1919-1986)
entrecasa. En ambos casos faltó el vínculo con los sectores productivos. Además, en 1986, falleció Roque Carranza, el único radical de tradición que entendía de estos temas.

—“Puerto Curioso”, el proyecto de museo de ciencias participativo, ¿fue un intento de reeditar la experiencia de Barcelona?

El concepto sí, pero el proyecto abarcaba todas las áreas, no sólo matemática. En 1988 se creó la Fundación Puerto Curioso con el apoyo de empresarios, como Madanes y Cartellone.

—¿Cómo se sintió al concluir su gestión? ¿Le hubiese gustado continuar?

—¡No! Todo lo contrario. Estaba muy orgulloso de que por primera vez hubiera una continuidad democrática. Lástima que los proyectos no siguieron. La ESLAI se estancó. El Intech quedó sin presupuesto y Puerto Curioso directamente se congeló.

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Hernán